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Lunes 23 de junio de 2008
Por Marcos Huaiquilaf Gómez/Director regional metropolitano de
Conadi
CADA 24 DE junio, las organizaciones mapuches de la Región Metropolitana celebran el Wuñol Txipantu o Año Nuevo mapuche. Esta festividad ha ido marcando la presencia social y cultural de la población mapuche en Santiago, que alcanza a 182 mil 918 personas, segunda en cantidad de población indígena luego de la Región de La Araucanía, equivalente a 30,2% de la población mapuche nacional.
Santiago se ha convertido, desde el siglo pasado, en polo de atracción para la población de esta etnia, que migra fundamentalmente de la regiones Octava, Novena y Décima. En la ciudad se ofrecen como mano de obra en la construcción, panaderías y servicio doméstico -actividad realizada por mujeres- y se incorporan a sectores caracterizados como pobres o de extrema pobreza. Con todo, en los últimos 20 años son cada día más los profesionales de origen mapuche que egresan de las universidades para insertarse en las capas medias.
Pero los mapuches llegan a la capital no sólo como mano de obra. Ellos traen tradiciones y costumbres que han permanecido por siglos y han resistido los procesos de asimilación de que han sido objeto por parte del Estado, y que recién en 1993, con la aprobación de la Ley Indígena, se los ha entendido como una cultura que, junto con los demás pueblos indígenas, enriquecen y fortalecen nuestro patrimonio cultural.
En Santiago, la población mapuche inmigrante, lejos de perder sus tradiciones y costumbres, ha ido desarrollando procesos de autoafirmación cultural. Prueba de ello son las 130 asociaciones indígenas que se han constituido al alero de la Ley Indígena. Con el fin de difundir la cultura y promover el desarrollo de las personas que las integran, promueven actividades en La Pintana, Peñalolén, Cerro Navia, Pudahuel, La Granja y Pedro Aguirre Cerda, entre otras comunas.
El 24 de junio coincide con el período del solsticio de invierno, "cuando el sol inicia su regreso al hemisferio sur", y la tierra se renueva comenzando un nuevo ciclo en la naturaleza, época en que surgen los primeros brotes. Este día, en la mañana, los socios de las agrupaciones mapuches están convocados a una reunión. El futa txawun o "gran encuentro" servirá para organizar el Año Nuevo. Cada socio tendrá una responsabilidad. Algunos deberán preparar el lugar de la rogativa, donde descansa el rewe, y lo adornarán con suficientes ramas de árboles nativos, cuidando que las ramas de foye o "canelo" destaquen. Otros se preocuparán de dónde se instalarán las visitas (siempre se invita a organizaciones de otras comunas). Los más jóvenes deberán organizar el purrun o "baile". El lonko o "jefe" de la organización deberá recibir al machi y asignarle un lugar especial en el recinto. Otros deberán preocuparse de la comida. Nada debe faltar y nada se deja al azar.
A la medianoche habrá empezado el Wuñol Txipantu. El lonko llama a todos los asistentes para que se acerquen al lugar de la ceremonia. El machi iniciará la rogativa y agradecerá a Ngenechen ("dueño de la gente"), porque el pueblo mapuche ha podido sobrevivir a la adversidad. Invocará a los antepasados, a quienes promete, en nombre de todos los asistentes, reunirse en el Huenu Mapu ("tierra de arriba"). Luego empezará el purrun. Tomados de las manos, niños, jóvenes, adultos y ancianos forman rondas que se desplazan alrededor del rewe al ritmo de la música que brota del kultrún, pifilkas y trutrucas. Mientras los asados esperan en las parrillas la humareda se expande. Quienes están a cargo de atender a los asistentes ofrecen multren (panecillos de trigo y harina) y sopaipillas, acompañados de mudai (bebida de trigo). Hay tiempo para bailar, agradecer y compartir. Es la noche más larga del año. Los antiguos decían "la noche avanza con tranco de gallo".
Fue en La Pintana, hace unos años. Después de bailar hasta quedar exhausto, me acerqué a un viejo que tomaba mate cerca de una fogata. Me habló en mapuzugún (idioma mapuche). Era de Temuco, de Boroa, y conocía a mi familia. Me confesó que después de 40 años volvía a celebrar el Wuñol Txipantu. Me contó que en esta misma fecha, en su comunidad, cuando niño, y pasada la medianoche, salía con sus hermanos a golpear los árboles de la quinta de su abuelo. Uno a uno los iba azotando. "Así despiertan los árboles, y la savia corre con fuerza por las ramas. Así darán buenos frutos", me dijo.