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Viernes 13 de junio de 2008
Por Raúl Sohr / La Nación
OJO CON EL MUNDOLas encuestas mostraron que dos tercios de los canadienses respaldan a su jefe de Gobierno en pedir perdón a sus compatriotas originarios. Cuánto tiempo habrá que esperar en tantos países latinoamericanos para escuchar palabras como las de Harper.
En el repleto Parlamento canadiense se vivía el miércoles un aire de expectación. Era un día que tardó demasiadas décadas en llegar. Incluso antes que el Primer Ministro, Stephen Harper, tomara la palabra estallaron los gritos acompañados del acompasado batir de los tambores nativos. Luego en la solemnidad de la ocasión Harper dijo: "El Gobierno de Canadá sinceramente pide disculpas y perdón a los pueblos aborígenes de este país por haberles fallado tan profundamente... Estoy aquí para ofrecerles disculpas a los estudiantes de los internados para estudiantes indígenas que constituyen un capítulo triste de nuestra historia". Las palabras surtieron efecto. De la excitación original, los presentes pasaron a signos de incontenible emoción. Por las mejillas de varios indios, que vivieron en los internados, se deslizaban lágrimas.
El sistema de internados para indios fue introducido a finales del siglo XIX en una iniciativa combinada entre el Gobierno y varias iglesias. En 1920 los colegios especiales destinados a "asimilar" a los pueblos nativos a la cultura dominante fueron declarados obligatorios. El propósito de estos internados fue acabar con la cultura y las lenguas de los pobladores originales de las vastas extensiones canadienses. Harper señaló que el sistema operó sobre la premisa "que las culturas aborígenes y sus creencias espirituales eran inferiores y desiguales". Sobre este velado etnocidio Harper subrayó los remordimientos de toda la sociedad. Extendió estos sentimientos a todos los niños y jóvenes que, encontrándose bajo la tuición del Estado, sufrieron de abusos sexuales y vejámenes.
Las criaturas separadas de sus padres quedaron a merced de unos adultos desconocidos y, como suele ocurrir en instituciones anónimas con pequeños librados a su suerte, no faltaron quienes abusaron de ellos. Se estima que unos 150 mil jóvenes fueron educados en los internados indios que comenzaron a cerrar en la década de los ’70. Una tras otra las iglesias involucradas, como la anglicana y la presbiteriana, avanzaron su remordimiento en los ’80. El último internado cerró en 1996. Ese año el Gobierno y las diversas iglesias involucradas en los colegios acordaron pagar 2 mil millones de dólares a cerca de 90 mil estudiantes que sufrieron algún tipo de perjuicio.
Como suele decirse en estas circunstancias más vale tarde que nunca. Es una tendencia que cabe imitar en todas las latitudes: reconocer los crímenes y los errores aberrantes cometidos con los pueblos indígenas. En febrero Kevin Rudd, el Primer Ministro de Australia, causó gran impacto en su sociedad al pronunciar sentidas palabras de perdón. En todo caso, los canadienses al presentar sus excusas, a diferencia de los australianos, no prometieron mejorar las condiciones de vida de los 1,2 millones de miembros de los pueblos métis e inuit (Canadá tiene 33 millones de habitantes).
Cuánto tiempo habrá que esperar en tantos países latinoamericanos, donde cosas mucho peores ocurrieron y aún tienen lugar, para escuchar palabras como las de Harper. Algún observador, no obstante, podría dudar incluso de su sinceridad calificándolas de representar una expresión oficialista para posar como políticamente correcto ante la opinión pública. Más importante que los dichos son los sentimientos. Las encuestas mostraron que dos tercios de los canadienses respaldan a su jefe de Gobierno a la hora de pedir perdón a sus compatriotas originarios.